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marzo 2016

El búfalo de agua y Juguetes rotos

Os pongo dos cuentos de Shaun Tan con sus ilustraciones, algunos hemos hecho nuestras propias versiones a partir de las imágenes, cuando las pasemos a ordenador las colgaremos en el blog.

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EL BÚFALO DE AGUA

Cuando era niño, un gran búfalo de agua vivía en el solar vacío que estaba al final de nuestra calle, el que estaba lleno de hierbas que nunca nadie cortaba. Dormía casi todo el día e ignoraba a quienes pasaban por delante de él, al menos que se nos ocurriera detenernos y pedirle una dirección. Cuando eso ocurría, se nos acercaba lentamente, levantaba la pezuña izquierda y señalaba la dirección correcta. Sin embargo, nunca decía qué señalaba, o hasta donde debías caminar, o qué se suponía que debías hacer una vez allí. De hecho, nunca decía nada porque los búfalos de agua son así, detestan hablar. Todo eso era demasiado frustrante para la mayoría de nosotros. Cuando a alguien se le ocurría “consultar al búfalo”, nuestro problema ya solía ser urgente y requería una solución simple e inmediata. Al final dejamos de ir a verlo y creo que poco después se marchó. En el solar sólo se veía la hierba alta.

Y es una pena, la verdad, porque cada vez que habíamos seguido su pezuña puntiaguda habíamos quedado sorprendidos, aliviados o encantados con lo que habíamos encontrado, y cada vez nos hacíamos la misma pregunta: ¿cómo lo sabía?

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JUGETES ROTOS

Sé que crees que tú lo viste antes, pero estoy seguro de que fui yo; estaba cerca del pasaje subterráneo, observando el muro cubierto de graffitis y fui yo quien dijo, “Mira, una de esas cosas que no se ven todos los día”.

Bueno, ya habíamos visto a algún chalado antes, “tocados por la vida”, como decías tú. Pero algo realmente extraño debía de haberle ocurrido a aquel chico para que le diera por pasearse vestido con un traje  espacial en aquel aburrido día festivo. Nos escondimos detrás de un buzón de correos para verlo mejor. De cerca resultaba aún más desconcertante, el traje espacial estaba cubierto de lapas, algas y otras especies marinas. Y estaba completamente empapado a pesar del implacable calor veraniego.

No es un traje espacial, burro -susurraste tú-. Es uno de esos trajes de buzo antiguos, como los que utilizaban para buscar perlas en el norte. Ya sabes, de los de antes, cuando cogían el síndrome de la descompresión, porque no sabía hasta qué punto los cambios de presión pueden convertirte la sangre en gaseosa.

Soltaste un sonoro suspiro ante mi mirada atónita y dijiste:

Olvídalo.

Pero yo, mientras seguíamos de cerca a ese loco, veía el casco y el tubo de respiración que el tipo arrastraba tras de sí. Cruzó con paso errático el campo de fútbol, la estación de servicio y los accesos a los garajes de las casas. Llegó arrastrando pesadamente los pies al colmado cerrado de la esquina, pasó las manos por las paredes y ventanas como un sonámbulo y dejó grandes huellas húmedas que al secarse se convertían en espectrales manchas de sal.

Te doy diez pavos si te le acercas y lo saludas -dijiste.

Ni hablar -repuse.

Pues vamos los dos.

De acuerdo.

Nos acercamos a él. Desprendía un olor extraño, como a océano, supongo, aunque mezclado con algún aroma dulzón que era difícil identificar. El polvo rojizo se había acumulado en los pliegues de su traje, como si, además de un océano, hubiese atravesado también un desierto. Estábamos planeando estratégicamente cómo iniciaríamos la conversación cuando la mirilla turbia y arañada del casco se volvió hacia nosotros y dijo algo que no fuimos capaces de entender. El buzo siguió avanzando entre crujidos y balbuceos y nosotros dimos un paso atrás.

Qué raro habla -dije yo. Pero tú lo escuchaste atentamente y measte la cabeza.

No, creo que es… japonés.

Repetía una y otra vez la misma frase, acababa con algo parecido a “tasu-ke-te, tasu-ke-te”. Y alargaba la mano para mostrarnos un caballito de madera, que en otros tiempos debió de ser dorado y reluciente, pero que ya estaba agrietado y descolorido, con un cordel atado para tirar de él.

Quizás deberíamos llevarlo hasta la casa de la señora Malasnoticias -sugeriste tú.

Te refías a la anciana señora Katayama, la única japonesa que conocíamos en nuestro barrio.

Ni hablar -dije yo, y arqueé las cejas mientras pensaba en nuestro encontronoza con ella, aún demasiado reciente, por encima de la valla trasera, que podía describirse como un aluvión de insultos incomprensibles, seguido de la devolución de nuestra maqueta de avión limpiamente seccionada en dos. Fue una incorporación más a nuestra caja de juguetes descartados que, tras caer en el patio trasero de la vieja bruja, habían vuelto diseccionados. Esos eran los únicos momentos en los que la veíamos. De ahí el mote “señora Malasnoticias”.

Entonces fuiste tú quien arqueó las cejas, en parte porque te acordaste de lo mismo, pero también porque acababas de tener una idea brillante. ¿por qué no llevábamos al chalado del traje de buzo hasta el jardín de la casa de la señora Katayama y cerrábamos la puerta de la valla? No hizo falta decir más; nos dimos un Apretón de Manos Especial de Acuerdo Irrompible.

Vi como alargabas la mano hacia el enorme guante del buzo, y también como la retirabas de golpe: “Era tan rara y viscosa…” me contarías más tarde. Y aún así nuestro hombre lo comprendió y nos siguió, arrastrando los pies por las calles y callejones. Su respiración lenta y jadeante subía de intensidad cada vez que nos parábamos a esperarle. Caminaba pesadamente detrás de nosotros, como si le doliese cada articulación del cuerpo, y arrastraba el tubo de respiración, que no paraba de gotear por el extremo raído. Me ponía los pelos de punta.

Finalmente, llegamos a la temida casa, con los cerezos abandonados en el jardín. Condujimos a nuestro invitado hasta la verja, que habíamos conseguido abrir mucho tiempo atrás, y le indicamos que siguiera caminando. Los escalones gastados crujieron bajo su peso mientras que le hacíamos gestos para que entrase. Tú golpeaste la mosquitera de la puerta y salimos corriendo de allí. Cerramos la puerta detrás de nosotros, casi sin poder contener la risa, y corrimos a escondernos tras la cabina telefónica al otro lado de la calle para poder contemplar lo que se avecinaba.

Esperamos y esperamos.

Y esperamos.

Vaya rollo -reconociste finalmente cuando recordaste que la señora Malasnoticias jamás abría la puerta, aunque siempre estaba en casa. A veces incluso habías bromeado diciendo que la puerta sólo estaba pintada en la fachada. Una vez intentamos llamar, y ella se limitó a gritar: “¿Quién es?” y luego: “¡Marchaos a casa!”. El buzo pasó por el mismo ritual en esa ocasión, pero no se movió, quizás porque no entendió nada. Aún teníamos esperanzas de divertirnos.

De repente el buzo sed quitó el casco y lo dejó caer sobre el suelo de madera con un fuerte estrépito que nos hizo pegar un brinco. Incluso desde ahí atrás pudimos ver que se trataba de un joven con el pelo pulcramente peinado, de un color negro lustroso. Aún más sorprendente fue ver cómo se abría la puerta y aparecía la débil silueta de la señora Malasnoticias.

El buzo repitió varias veces su frase en japonés y le mostró el caballito de juguete. Su silueta nos tapaba la vista, por lo que no pudimos ver gran cosa, excepto que la señora Malasnoticias se cubría la boca con las dos manos. Parecía a punto de desmayarse de terror. No podíamos creer que tuviéramos tanta suerte.

Espera un segundo -dijiste entornando los ojos-, creo que está… ¡llorando!

Y efectivamente, se puso a llorar. Ahí estaba, a la puerta de su casa, sollozando sin control. ¿Habíamos ido demasiado lejos? De hecho empezó a sabernos mal por ella… pero enseguida rodeó al buzo con los palillos que tenía por brazos y lo abrazó con fuerza a pesar de lo mojado que estaba. No vimos lo que ocurrió a continuación, estábamos demasiado ocupados mirándonos con los ojos como platos, llenos de incredulidad. Entonces la puerta se cerró y sólo quedó el oscuro rectángulo de la entrada, con el caso de buzo en el suelo, en medio de un charco de agua. Esperamos todavía un buen rato, pero no pasó nada más.

Supongo que lo conocía -dije mientras volvíamos a casa dando la vuelta a la manzana.

Nunca llegamos a saber quién era el buzo, ni qué le ocurrió. Pero a partir de entonces, cada noche empezó a oírse una antigua música de jazz en la parte de atrás de la casa y, de vez en cuando, olía a algún tipo de comida raro y se oían voces suaves que conversaban largamente. Y dejamos de odiar a la señora Katayama, porque después de eso se acercaba a la puerta de casa, nos saludaba en silencia y con una sonrisa fugaz nos devolvía los juguetes tal como los habíamos perdido: enteros.

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Animales adaptados al medio

Tarea de vacaciones

Durante esta semana tenéis que escribir un cuento basado en alguna de las siguientes imágenes. Son de un escritor e ilustrados llamado Shaun Tan, os recomiendo mucho que busquéis más cosas suyas porque hace cosas maravillosas.

El cuento debe tener como mínimo un folio de largo y por favor, revisadlo, leerlo una vez lo hayáis escrito para ver si tiene sentido.

 

E-120

Qué buenas estas cosas ehh… Pues sí,pero ¿de dónde sacan ese color rojo tan fuerte?

Si alguna vez habéis batido fresas con leche el resultado no es tan rosa como el batido que compramos, sino mucho más blanco. Lo mismo pasa con el tomate frito. La industria echa colorante para que parezca más bonito. El colorante rojo más usado es el llamado E-120. Si tienes curiosidad busca en el frigo a ver si tienes algo que ponga eso entre los ingredientes.

¿Sabes de qué está hecho el E-120?

Te pongo dos enlaces para que lo averigues, el yogur es un vídeo y la fresita es un artículo. Que los disfrutes.

 

Marble run

Vamos a hacer en plástica un circuito de canicas, algo que puede ser muy simple.

O muy complejo:

Quien haga este tiene un diez en plástica y música.

Cambio climático

Hemos estado hablando sobre el cambio climático y cómo si la temperatura del planeta sigue subiendo los polos se derretirán y en nivel del mar subirá tragándose algunas ciudades.

Aquí hay algunos ejemplos de ciudades conocidas y si le das a este enlace podrás ver un mapa interactivo para ver cómo quedaría el mundo si la temperatura subiese 2 o 4 grados.

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Rubén y Borges

Rubén dio el otro día una charla sobre el escritor Jorge Luís Borges. Aquí tenéis los vídeos.

Exposición de Julio Verne

Hemos bajado a ver la exposición de Julio Verne con todos los trabajos del colegio. Enhorabuena a todos los que habéis participado ha quedado espectacular.

 

Lipasam II

Bueno, bueno, bueno, el día 6 y 7 de abril Lipasam viene al colegio y nos han pedido que cada uno de nosotros traigamos 2 briks de litro abiertos de la manera en la que se muestra en la imagen. Si os sentís generosos podéis traer tres porque seguro que a más de uno y a más de dos se les olvida.

lipasam

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